
Casi no se la veía en todo el año, excepto para fin de año. De unos sesenta años, casada con un hombre trabajador que más de algna vez llegó "pasado de tragos", como ella decía. Nunca tuvo hijos. Le decían la "Gloria Trevi" por su pelo rubio -natural-, largo y desordenado, aunque con el tiempo ese rubio que tanto envidiaban las vecinas se fue enblanqueciendo.
Al comenzar diciembre, la Gloria Trevi -nunca supe su nombre- salía de su casa. Arreglaba el jardín, regaba la calle en las tardes, hablaba con los niños que jugaban y, por sobre todo, se sentía feliz.
En uno de esos diciembre en que la Trevi resucitaba, un par de perros tiñosos se pusieron a pelear, mordiéndose de rabia y hambre en la entrada de su casa. La pobre, más pálida que de costumbre, con su vestido ancho y floredo, se puso las manos húmedas en el pecho, abrió su boca gruesa de Sofía Loren, por envidiada por viejas de bocas mezquinas que servían sólo para hablar mal de ella, tomó una bocanada de aire como si fuera a lanzarse en trampolín a una piscina olímpica y dió un grito para espantar a los perros. Al tiempo que gritaba, tomó la manguera y comenzó a tirarles agua. Nada. Los perros se iban a matar frente a ella. La Trevi comenzó a pedir ayuda.
- Se están matando! Separen a los perritos!
No había caso. Los quiltros no se soltaban. Parecía que iban a sacarse el pellejo en cualquier momento y ella abría cada vez más sus asustados ojos de color miel. Finalmente, llegó uno de los vecinos -un almacenero que veía como mala publicidad tal espectáculo- y con un palo de escoba que quebró en el lomo de uno de ellos logró que cada uno fuera a su rincón del estrecho pasaje jurándose odio eterno.
Después de la pelea, una hemorragia de lágrimas corría por los ojos envejecidos de la Trevi. Lentamente, cual fuera caracol agonizante, entró a su casa y no salió por dos días. Nadie se preocupó por su ausencia. Sólo veían al marido cuando, alrededor de las siete de la tarde, llegaba a su casa después de trabajar como carpintero en una construcción.
Los ingratos aprovechadores notaban a la Trevi con simpatía el 31 de diciembre y nada más. Ese día, ella se levantaba antes que la guagua de la casa vecina llorara para pedir su mamadera con leche de consultorio, ultra reforzada con vitaminas y minerales. Limpiaba la casa, el patio, los vidrios, todo. Apurada, iba al supermercado a pie, para ahorrarse la plata del colectivo. No compraba donde el almacenero porque ese día era una ocasión especial.
Ahí, compraba pan de molde, galletitas, harina, huevos, jugos naturales, vino tinto, champaña y pan de pascua. Pagaba rápido y volvía a su casa caminando. Nunca se acostumbró a hacer fila. Tampoco le gustaba que la cajera le mirara tanto el vestido de moda de hace veinte años cuando pagaba.
Llegando a la casa, se ponía a cocinar. Afanosamente preparaba un queque, persignándose antes de meterlo al horno para que subiera y quedara sabroso. Luego, sin descansar, se ponía a hacer canapés sobre el mantel de hule. Los iba dejando primorosamente sobre una bandeja plástica, los adornaba con un pedacito de pimentón rojo y verde, intercalados, y los cubría con servilletas multicolores.
Como a las cuatro de la tarde, sacaba los vasos de la vieja vitrina y los preparaba junto a la botella de vino y demases. Cuando todo estaba listo, la Gloria Trevi sonreía, satisfecha y ansiosa.
Su marido salía a medio día por ser previo a festivo, pero siempre llegaba a las ocho. Pasaba a tomarse algo con los amigos, para celebrar. No venía mareado y la Trevi agradecía a Dios en voz muy bajita.
En una esquina de la mesa, previa advertencia de no ensuciar, solía servirle una taza de té, dos huevos fritos y una marraqueta. Recién terminaba su té cuando le retiraba la taza, recogía las migas y le pedía que bañarse y cambiarse de ropa.
La Trevi enchufaba las luces del árbol de pascua y entreabría la puerta. Eran las nueve y media. Más tarde, se bañaba ella y subía al segundo piso a ponerse el vestido verde. Era el que usaba cada vez que celebraba algo, y con la naftalina se conservaba bien.
Once y cuarto, sentada mirando el reloj. Su marido junto a ella escuchando la radio. Era un tango de Libertad Lamarque que hablaba de una sombra compañera en la niñez y juventud. La miró y le sonrió. Habían estado casados casi cuarenta años. Se sirvió una copa de vino y le ofreció a ella. No quiso. Era para los invitados.
Doce en punto, el abrazo acostumbrado, con menos fuerza que antes. Escucharon de pie la canción nacional y luego la Gloria Trevi corrió a abrir la puerta por completo. El marido subió al dormitorio a ver los fuegos artificiales de Valparaíso por televisión. Ella quedó de pié, esperando a los vecinos que todos los años venían a saludarla. Para ellos era el cóctel.
Las vecinas más peleadoras se reconciliaban, a los chiquillos moquillentos les encantaba comer pan de pascua, queque y tomar jugo en esos vasos pintados de vidrio antiguo en la casa de la Trevi. Era el ritual de todos los años. Para eso vivía, las únicas visitas del año. Todos los años venían, menos el año nuevo del 98.
No llegó nadie.
Todos los piojentos que iban a su casa a llenarse para olvidarse de ella el 2 de enero se habían enterado que la señora Marta tenía fiesta en su casa. Tenía un cordero asado al palo que le habían mandado del sur y vino suficiente como para regar todos los pasajes de la población. Don Fermín, el esposo de doña Marta, había recibido indemnización por haber trabajado cerca de treinta años en la Papelera. Lo habían despedido, pero no importaba.
- Un año nuevo con plata se celebra una vez en la vida, mija, decía él, con el pecho inflado.
Todos los vecinos, vecinas y niños fueron a la casa de Marta y Fermín.
La Gloria Trevi se quedó sola esperando. Era un cuarto para las tres de la mañana. Su marido dormía ya.
Bajando la cabeza, caídos los brazos, echó una mirada al cóctel que había sobre la mesa, y al que acechaba una solitaria mosca. Tiritando la cabeza, conteniendo el llanto, supo que no vendría nadie. Ni este año, ni el próximo. La habían olvidado el único día que la recordaban.
Pasó una mano fría sobre el mantel y con algo raro que le apretaba el pecho caminó hacia la cocina. Abrió la llave del gas y se sentó a esperar.

