Se ponía labial rojo todas las noches antes de acostarse y se arreglaba los rulos de esos cabellos que siempre quise tener. Decía que era en caso que se muriera, así no la pillaban fea, pues nadie me va a arreglar después de muerta. Sus uñas largas y últimamente más blandas solían rascarme la espalda, al mismo tiempo que su boca me contaba cuentos. Me sentía como un gato regalón a su lado. Me divertía que hablara mientras dormía. Yo le preguntaba y mi abuela me contestaba entre leonescos ronquidos.
Después de sus 70 años perdí la cuenta. Debe tener como noventa ahora. Admiraba lo mujer que era. Mi abuela Sara siempre usaba faldas y blusas de seda, aunque bien colorinches, y zapatos con taco alto. La crema Pons era su aliada. A mi me daban nauseas el olor tan fuerte de ese menjunje. Prefería el colorete que mi tía me ponía en las mejillas.
Como era corta de vista, ella hacía parar todas las micros para preguntar pasa por Santa Rosa, no señora, ahí viene otra, pasa por Santa Rosa... A los seis años yo sabía leer y le decía qué micro nos servía. Tomábamos la Einstein-Santa Rosa o la Juan Antonio Ríos. Los choferes contestaban enojados ante tamaña pérdida de tiempo y provocación de tacos, pero como andaba tan elegante, quizás sólo la consideraban una vieja excéntrica. Han pasado como mil años y todavía recuerdo la vez que me hice pasar por ciega en una micro para ver si me daban el asiento de "cuero" verde y me dí pena, así que no jugué más.
Con su piel blanca como porcelana, se le ponía roja la raniz con cada invierno, pero en primavera y verano renacía. En septiembre empezaba a lavar toda su ropa, incluso la limpia, y preparaba su bolso de viaje. Viajaba en enero, pero todo lo tenía listo con meses de anticipación. Mi mamá se exasperaba.
Antes de viajar, teníamos un par de semanas rituales. Ella tenía un tocadiscos RCA Víctor y cientos de vinilos, grandes y chicos. Ella escuchaba a Libertad Lamarque; yo, el cuento de Blanca Nieves. A los 31 años no pierdo las esperanzas de aprender a bailar tango y cada vez que escucho alguno, me vuelvo la negrita chica y tímida que la acompañaba a todos lados.
Su esposo, mi abuelo Polo, no había sido un buen marido, pero a mí me quería mucho. Me hacía magia en una caja de leche del almacén y me asustaba con darle regalos a la niñita del árbol si yo no los quería o me portaba mal. Quizás de dónde o a quién se le habrá ocurrido lo de la niñita del árbol, pero me la imaginaba una huerfanita pobre, deseosa de ocupar mi lugar. Mi abuelo no dejó ni siquiera que mi abuela Sara fuera al funeral de su madre. Ella tuvo que ir a escondidas, simulando ir al mercado.
La señora Sara tiene 5 hijos vivos y una media docena que no alcanzó a nacer. Ella vivía con nosotros desde que nos cambiamos de comuna. Cuando a mi abuelo le dió cáncer, la abuela llevaba años separada. Antes que él muriera, mi abuela fue al hospital a visitarlo. Nunca alguien ha sabido lo que hablaron. Sólo sé que él le pidió perdón.
Continuará...
viernes, 9 de marzo de 2007
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