viernes, 9 de marzo de 2007

Una mujer muy vieja con unas alas enormes

Se ponía labial rojo todas las noches antes de acostarse y se arreglaba los rulos de esos cabellos que siempre quise tener. Decía que era en caso que se muriera, así no la pillaban fea, pues nadie me va a arreglar después de muerta. Sus uñas largas y últimamente más blandas solían rascarme la espalda, al mismo tiempo que su boca me contaba cuentos. Me sentía como un gato regalón a su lado. Me divertía que hablara mientras dormía. Yo le preguntaba y mi abuela me contestaba entre leonescos ronquidos.

Después de sus 70 años perdí la cuenta. Debe tener como noventa ahora. Admiraba lo mujer que era. Mi abuela Sara siempre usaba faldas y blusas de seda, aunque bien colorinches, y zapatos con taco alto. La crema Pons era su aliada. A mi me daban nauseas el olor tan fuerte de ese menjunje. Prefería el colorete que mi tía me ponía en las mejillas.

Como era corta de vista, ella hacía parar todas las micros para preguntar pasa por Santa Rosa, no señora, ahí viene otra, pasa por Santa Rosa... A los seis años yo sabía leer y le decía qué micro nos servía. Tomábamos la Einstein-Santa Rosa o la Juan Antonio Ríos. Los choferes contestaban enojados ante tamaña pérdida de tiempo y provocación de tacos, pero como andaba tan elegante, quizás sólo la consideraban una vieja excéntrica. Han pasado como mil años y todavía recuerdo la vez que me hice pasar por ciega en una micro para ver si me daban el asiento de "cuero" verde y me dí pena, así que no jugué más.

Con su piel blanca como porcelana, se le ponía roja la raniz con cada invierno, pero en primavera y verano renacía. En septiembre empezaba a lavar toda su ropa, incluso la limpia, y preparaba su bolso de viaje. Viajaba en enero, pero todo lo tenía listo con meses de anticipación. Mi mamá se exasperaba.

Antes de viajar, teníamos un par de semanas rituales. Ella tenía un tocadiscos RCA Víctor y cientos de vinilos, grandes y chicos. Ella escuchaba a Libertad Lamarque; yo, el cuento de Blanca Nieves. A los 31 años no pierdo las esperanzas de aprender a bailar tango y cada vez que escucho alguno, me vuelvo la negrita chica y tímida que la acompañaba a todos lados.

Su esposo, mi abuelo Polo, no había sido un buen marido, pero a mí me quería mucho. Me hacía magia en una caja de leche del almacén y me asustaba con darle regalos a la niñita del árbol si yo no los quería o me portaba mal. Quizás de dónde o a quién se le habrá ocurrido lo de la niñita del árbol, pero me la imaginaba una huerfanita pobre, deseosa de ocupar mi lugar. Mi abuelo no dejó ni siquiera que mi abuela Sara fuera al funeral de su madre. Ella tuvo que ir a escondidas, simulando ir al mercado.

La señora Sara tiene 5 hijos vivos y una media docena que no alcanzó a nacer. Ella vivía con nosotros desde que nos cambiamos de comuna. Cuando a mi abuelo le dió cáncer, la abuela llevaba años separada. Antes que él muriera, mi abuela fue al hospital a visitarlo. Nunca alguien ha sabido lo que hablaron. Sólo sé que él le pidió perdón.

Continuará...

lunes, 5 de marzo de 2007

TUS OJOS MIRANDO EL MAR


Esta prosa la escribí hace dos años aproximadamente, cuando en el taller literario de don Sergio Bueno nos pidieron algo para homenajear el Centenario de Pablo Neruda. Había ido dos veces a su casa en Isla Negra y leído recientemente algo sobre la hija con hidrocefalia, Malva Marina. Me chocó esa especie de negación por una hija "imperfecta". Sólo un par de atisbos en "Residencia en la Tierra". García Lorca la llamó "niñita de Madrid". Esta niña, cual bella durmiente, pacientemente esperó 100 años para despertar y dedicarle un poema a su padre:



Sentada junto a ti. Poso mis manos sobre tus párpados inertes y cierro tu mirada eterna. Isla Negra. 1973. Todo se nubla.

No se si soy yo o es tu alma la que se levanta y comienza a recorrer tu barco.
Acaricias-acaricio tu colcha blanca, suave, entretejida de sueños últimos de libertad.

Recuerdas-recuerdo la última vez que paseaste por tu jardin. Te acompañé en sueños por primera vez; ahora, por última…. y aún lloro.

Descalzo y de pesado andar. Descalza me encuentras. Tus piedras mágicas acarician mis pies. Las miras, las miro.

Tocas la campana y las olas del mar despiertan, me despiertan.

Me muestras esas musas de madera. Tus hijas, hermanas y mujeres. ¿Cuál es la que llora? ¿Es porque se le acabó la fé? ¿Es porque se murió el país? Tratas de consolarla, pero ella no puede ver ni sentir tu espíritu errante. Ella miraba el mar a través de tus ojos; y tus ojos están cerrados ahora.

Caminas-camino por el barco y el mareo nos inunda. Te afirmas sobre las botellas azules, celestes, acuáticas, marinas. Las protejes, las consuelas. Afirmo las terrestres, quiero proteger tus tesoros, mis tesoros.

Tienes frío. Intento preparar una taza de café, pero recuerdo que prefieres el mate. Tu alma se interpone entre la puerta de la cocina y mi existencia. Quiero entrar, quiero ayudar. Quiero conocer tu secreto, tus secretos. Déjame ayudarme.

Me invitas a jugar. Veo el caballo, el más feliz del mundo. Tres colas es mucho para él, pienso. Pido una para mi gato. Me la das y ahora tenemos al caballo y al gato más felices del mundo. Como un rey con su capa, el gato se pasea por nuestro barco. Pero tu dices “mi barco”. Aún no me reconoces.

Soy yo, soy la Niña de Madrid. Mírame a los ojos, no sigas mirando el mar. Mírame una última vez, mírame una primera vez. Di mi nombre, escríbeme un poema. Sentémonos en tu escritorio, inspírate en mis manos, mis ojos, mi boca. Soy Malva, Malva Marina.

Susurro, susurras.

jueves, 1 de febrero de 2007

Días raros


Hay días que siento casi perfectos, en los que siento que soy capaz de todo, que todo sale bien, que todo saldrá bien. Pero siempre hay como una piedrecita invisible,no se lo que es, que me incomoda, que me angustia. Como que el aire me anuncia que se viene algo. Esos momentos perfectos del día son como una tregua. Suelen ocurrir cuando voy en movimiento, metro, caminando, viajando. Tengo mil ideas, tres millones de ganas y cosas por hacer. Pero cuando llego a destino ya no puedo hacer nada, solo lanzarme sobre una cama a dormir. Hay algo en el aire, en la luz del día que me aplasta, que no me deja. Ni las vitaminas,ni el ravotril, ni nada. Es el día, porque en la noche a veces se me pasa, pero ya es tan tarde que es muy poco lo que puedo hacer. Quiero vacaciones. Necesito vacaciones, pero de verdad. Parece que el lunes parto con otros cursos que dictar y voy a trabajar todo febrero. Y justo cuando termine ahí, voy a empezar de nuevo a trabajar en el colegio y, por si fuera poco, comienzo los cursos vespertinos. Tengo el magister botado, tengo que retomarlo, pero a qué hora, si el ocio me gana cuando no estoy trabajando. Màs que el ocio, el sueño, no se, el día me gana, me agota, la luz, el sol, el calor me dan nauseas.
Cada vez que ando en metro tengo la necesidad imperiosa de leer. Llevo como tres libros este mes, cuál de todos me deja más mal. Es como una obsesión. Los libros y la coca cola light. Tomarla de a sorbos pequeños.
Hoy me regalaron una tarjeta, flores y chocolates. Mis alumnos de la Aduana,como despedida al curso. Me sentí apreciada. Y me doy rabia. Tengo esta necesidad de ser querida, estimada, tan pegada en la piel. Y me cuestiono todo, como Juan Pablo Castel en El Túnel. Capaz que nada sea verdad. Capaz que brille como el oro y realmente no lo sea.

miércoles, 31 de enero de 2007

Musa


El poeta se desvanece y
su musa está muerta.
El ventilador encendido,
tarde sofocante, sangre derramada.
El poeta, con cianuro en sus manos.
La musa, con cianuro en su garganta.
Buscándole la vida,
le llevó la noche a las entrañas

sábado, 27 de enero de 2007

Año Nuevo


Casi no se la veía en todo el año, excepto para fin de año. De unos sesenta años, casada con un hombre trabajador que más de algna vez llegó "pasado de tragos", como ella decía. Nunca tuvo hijos. Le decían la "Gloria Trevi" por su pelo rubio -natural-, largo y desordenado, aunque con el tiempo ese rubio que tanto envidiaban las vecinas se fue enblanqueciendo.

Al comenzar diciembre, la Gloria Trevi -nunca supe su nombre- salía de su casa. Arreglaba el jardín, regaba la calle en las tardes, hablaba con los niños que jugaban y, por sobre todo, se sentía feliz.

En uno de esos diciembre en que la Trevi resucitaba, un par de perros tiñosos se pusieron a pelear, mordiéndose de rabia y hambre en la entrada de su casa. La pobre, más pálida que de costumbre, con su vestido ancho y floredo, se puso las manos húmedas en el pecho, abrió su boca gruesa de Sofía Loren, por envidiada por viejas de bocas mezquinas que servían sólo para hablar mal de ella, tomó una bocanada de aire como si fuera a lanzarse en trampolín a una piscina olímpica y dió un grito para espantar a los perros. Al tiempo que gritaba, tomó la manguera y comenzó a tirarles agua. Nada. Los perros se iban a matar frente a ella. La Trevi comenzó a pedir ayuda.

- Se están matando! Separen a los perritos!

No había caso. Los quiltros no se soltaban. Parecía que iban a sacarse el pellejo en cualquier momento y ella abría cada vez más sus asustados ojos de color miel. Finalmente, llegó uno de los vecinos -un almacenero que veía como mala publicidad tal espectáculo- y con un palo de escoba que quebró en el lomo de uno de ellos logró que cada uno fuera a su rincón del estrecho pasaje jurándose odio eterno.

Después de la pelea, una hemorragia de lágrimas corría por los ojos envejecidos de la Trevi. Lentamente, cual fuera caracol agonizante, entró a su casa y no salió por dos días. Nadie se preocupó por su ausencia. Sólo veían al marido cuando, alrededor de las siete de la tarde, llegaba a su casa después de trabajar como carpintero en una construcción.

Los ingratos aprovechadores notaban a la Trevi con simpatía el 31 de diciembre y nada más. Ese día, ella se levantaba antes que la guagua de la casa vecina llorara para pedir su mamadera con leche de consultorio, ultra reforzada con vitaminas y minerales. Limpiaba la casa, el patio, los vidrios, todo. Apurada, iba al supermercado a pie, para ahorrarse la plata del colectivo. No compraba donde el almacenero porque ese día era una ocasión especial.

Ahí, compraba pan de molde, galletitas, harina, huevos, jugos naturales, vino tinto, champaña y pan de pascua. Pagaba rápido y volvía a su casa caminando. Nunca se acostumbró a hacer fila. Tampoco le gustaba que la cajera le mirara tanto el vestido de moda de hace veinte años cuando pagaba.

Llegando a la casa, se ponía a cocinar. Afanosamente preparaba un queque, persignándose antes de meterlo al horno para que subiera y quedara sabroso. Luego, sin descansar, se ponía a hacer canapés sobre el mantel de hule. Los iba dejando primorosamente sobre una bandeja plástica, los adornaba con un pedacito de pimentón rojo y verde, intercalados, y los cubría con servilletas multicolores.

Como a las cuatro de la tarde, sacaba los vasos de la vieja vitrina y los preparaba junto a la botella de vino y demases. Cuando todo estaba listo, la Gloria Trevi sonreía, satisfecha y ansiosa.

Su marido salía a medio día por ser previo a festivo, pero siempre llegaba a las ocho. Pasaba a tomarse algo con los amigos, para celebrar. No venía mareado y la Trevi agradecía a Dios en voz muy bajita.

En una esquina de la mesa, previa advertencia de no ensuciar, solía servirle una taza de té, dos huevos fritos y una marraqueta. Recién terminaba su té cuando le retiraba la taza, recogía las migas y le pedía que bañarse y cambiarse de ropa.

La Trevi enchufaba las luces del árbol de pascua y entreabría la puerta. Eran las nueve y media. Más tarde, se bañaba ella y subía al segundo piso a ponerse el vestido verde. Era el que usaba cada vez que celebraba algo, y con la naftalina se conservaba bien.

Once y cuarto, sentada mirando el reloj. Su marido junto a ella escuchando la radio. Era un tango de Libertad Lamarque que hablaba de una sombra compañera en la niñez y juventud. La miró y le sonrió. Habían estado casados casi cuarenta años. Se sirvió una copa de vino y le ofreció a ella. No quiso. Era para los invitados.

Doce en punto, el abrazo acostumbrado, con menos fuerza que antes. Escucharon de pie la canción nacional y luego la Gloria Trevi corrió a abrir la puerta por completo. El marido subió al dormitorio a ver los fuegos artificiales de Valparaíso por televisión. Ella quedó de pié, esperando a los vecinos que todos los años venían a saludarla. Para ellos era el cóctel.

Las vecinas más peleadoras se reconciliaban, a los chiquillos moquillentos les encantaba comer pan de pascua, queque y tomar jugo en esos vasos pintados de vidrio antiguo en la casa de la Trevi. Era el ritual de todos los años. Para eso vivía, las únicas visitas del año. Todos los años venían, menos el año nuevo del 98.

No llegó nadie.

Todos los piojentos que iban a su casa a llenarse para olvidarse de ella el 2 de enero se habían enterado que la señora Marta tenía fiesta en su casa. Tenía un cordero asado al palo que le habían mandado del sur y vino suficiente como para regar todos los pasajes de la población. Don Fermín, el esposo de doña Marta, había recibido indemnización por haber trabajado cerca de treinta años en la Papelera. Lo habían despedido, pero no importaba.

- Un año nuevo con plata se celebra una vez en la vida, mija, decía él, con el pecho inflado.

Todos los vecinos, vecinas y niños fueron a la casa de Marta y Fermín.

La Gloria Trevi se quedó sola esperando. Era un cuarto para las tres de la mañana. Su marido dormía ya.

Bajando la cabeza, caídos los brazos, echó una mirada al cóctel que había sobre la mesa, y al que acechaba una solitaria mosca. Tiritando la cabeza, conteniendo el llanto, supo que no vendría nadie. Ni este año, ni el próximo. La habían olvidado el único día que la recordaban.

Pasó una mano fría sobre el mantel y con algo raro que le apretaba el pecho caminó hacia la cocina. Abrió la llave del gas y se sentó a esperar.

viernes, 26 de enero de 2007

Esta es mi casa



Ésta es mi casa
No cabe duda. Ésta es mi casa
aquí sucedo, aquí
me engaño inmensamente.
Ésta es mi casa detenida en el tiempo.

Llega el otoño y me defiende,
la primavera y me condena.
Tengo millones de huéspedes
que ríen y comen,
copulan y duermen,
juegan y piensan,
millones de huéspedes que se aburren
y tienen pesadillas y ataques de nervios.

No cabe duda. Ésta es mi casa.
Todos los perros y campanarios
pasan frente a ella.
Pero a mi casa la azotan los rayos
y un día se va a partir en dos.

Y yo no sabré dónde guarecerme
porque todas las puertas dan afuera del mundo.

Mario Benedetti

Bienvenidos. No sabía muy bien como comenzar todo esto. Creo que abrir la puerta de mi casa es lo adecuado. Un conejillo de indias es este blog. Me gusta una quotation que hizo William Carlos Williams como foreword a un poema de Allen Ginsberg (Howl): "Hold back the edges of your gowns, ladies, we're going through hell,", algo así como "afírmense los bordes de sus vestidos, damas, que vamos a pasar por el infierno". En realidad no vamos a pasar por el infierno, sólo vamos a tomarnos un café sin azúcar, vamos a dejar de endulzar lo que nace amargo, lo que nace insípido, lo que nace sin ojos, ni pies, ni palabras.